2/04/2018

Otro relato de superación: Los hogares de Amaya



Antonio Gutiérrez Porras despertó un día con una revelación clarividente. Era la respuesta intuitiva, inmediata, a una inquietud personal que lo llevaba corroyendo hasta los huesos toda su vida, incluso antes de que ser consciente de ello: la certeza de que en el núcleo de su ser no habitaba un ente masculino, sino una mujer. El pronombre Él, que le había causado extrañas reverberaciones a las que sólo ahora hallaba explicación, al transmutarse en Ella, encajaba como las piezas de un puzzle cósmico. Su nombre era Amaya, concluyó, y la vida de Amaya habría de seguir un camino ligeramente diferente a la de Antonio. Amaya, liberada de ese peso, sintió un enorme alivio. Y, de repente, un peso mayor, chorreante y oscuro se abalanzó a sus espaldas: las noticias no serían igualmente bienvenidas para todos. Sus padres, especialmente su madre, eran católicos practicantes y abiertamente conservadores y desaprobaban las relaciones sexuales informales, los tatuajes y la escuela laica.

Decidió aplazar el comunicado, en parte por comodidad y en parte por miedo, y durante un par de semanas sintió, cada vez que su madre pronunciaba su nombre, que se estaba produciendo un terrible error. Su habitación, sus prendas, que se habían amoldado a Antonio Guitérrez con naturalidad, eran sólo un atrezzo para Amaya, deseosa de salir al mundo y probarse,  y en clase era una embaucadora que fingía para sus amigos ser Antonio, un individuo que nunca había existido en plenitud y que, en todo caso, ya no existía.

Amaya reunió el valor para hablar con su madre. Maribel Porras no estaba preparada para afrontar una situación como esa, así que fue inmediatamente a hacer una visita a su confesor, que la tranquilizó: esa psicosis transitoria era una forma de liberarse de un bachillerato particularmente estresante, una locura perdonable, previa confesión. Le repitió eso a su hijo en tono conciliador. Cuando ella le pidió entre lágrimas que, por favor, se dirigiese a ella como Amaya, Maribel se tomó dos Valium y se encerró en su cuarto mientras su hija lloraba en el suyo.
Al día siguiente, su hermano la llamó por teléfono y le explicó, en tono paternalista, que uno tenía que pensarse las cosas dos veces antes de hacer tonterías, aunque fuese joven e irracional. Amaya le dejó hablar sin escucharle.

Esa tarde, siguiendo un impulso, caminó hasta llegar al centro comercial de su distrito y entró en una tienda de ropa. Había algo fascinante en las medias y las camisas, en los estampados florares y las rayas que le habían sido vetados, una especie de construcción cultural de encanto femenino del que deseaba formar parte. Llevada por un instinto rebelde, compró un vestido y se cambió en los baños del comercio. Quería sentirse Ella. Quería desafiar lo que le habían enseñado.
Sintió mil miradas que se clavaban como agujas mientras caminaba por la calle. Una niña pequeña hizo una pregunta a su madre. Un par de viejos se rieron de ella y otro par le silbaron. Quería vomitar. ¿No era más fácil, menos desagradable, después de todo, conformarse con ser Antonio? La simple idea le repulsó y se percató de que ya no había vuelta atrás.
En el parque, grupos de adolescentes vestidos de negro y agujerados por doquier fumaban y hacían skate. Un chico menudo y rapado —podría ser una chica, o haberlo sido, qué más daba, en realidad— en quien reconoció a un antiguo miembro de su colegio se le quedó mirando y le sonrió con tristeza.
—No sabes la que te espera.

Aquella noche, su padre volvió de Madrid. Había pasado varios días cerrando un negocio para la empresa y Maribel no había querido distraerle. Tras pedirle a Amaya, sin éxito, que se cambiase, Maribel se encerró en su cuarto con un portazo y llamó a su marido. Ramón Gutiérrez era un hombre ancho, respetable y poco dado a mariconadas. Entró en el cuarto de Amaya irritado y, al verla de esa guisa, la agarró del pelo furibundo y comenzó a dejarle claro que en esa casa no se consentirían gilipolleces, que podía quitarse aquel trapo enseguida o salir por la puerta. Amaya, temblorosa, logró reunir una fuerza y una dignidad que nunca habría creído tener y metió tres bártulos en una mochila antes de abandonar su casa.

Sus pasos la llevaron al piso de estudiantes donde vivía su mejor amiga, María, que la acogió calurosamente. Su compañera de habitación, que milagrosamente militaba en una asociación inclusiva, la puso en contacto con un psicólogo e hizo un llamamiento en las redes sociales para buscar una casa de acogida. Una semana después, Amaya se encontró viviendo en la más pintoresca de las familias: Ana y Gabriela, una pareja anarquista, compartían casa con Rubén, que había sido repudiado por su homosexualidad en una familia ultracatólica, y Vanesa, una mujer transexual que trataba de abandonar el mundo de la prostitución. En aquel piso de locos, a la deriva de todo lo que le habían enseñado que era correcto y adecuado a lo largo de su vida, Amaya encontró una comprensión y un calor que jamás había conocido. Tal vez, transcurrido un tiempo, sus padres comenzarían a aceptarla, le dijo Vanesa, pero existía la posibilidad de que eso no fuera así y, en todo caso. necesitaría un espacio seguro para efectuar una transformación que era de por sí terriblemente desgarradora. 


Meses más tarde, mientras Amaya camina cogida de la mano de Iván, el chico del parque, el corazón se le acelera al ver a su madre asiendo un puñado de bolsas. Iván le coge más fuerte de la mano. Maribel la mira de reojo y aprieta el paso. Amaya quiere  romper a llorar pero se dice, mientras Iván la abraza y la tranquiliza, que ahora tiene una nueva familia: la que ella ha elegido. 



Un relato de superación: El guardián del polvo



Con cuarenta y largos mal llevados, obeso, canoso, Santiago es una sombra del pasado de lo que solía ser su persona.
1983: Santiago, diecisiete años, es un robusto muchacho de más de un metro ochenta que se jacta de ser uno de los mejores jugadores de baloncesto del barrio. Entrena a diario, con la misma asiduidad con que va al gimnasio, y come como un mulo para mantener su cuerpo colosal. En casa, ayuda a sus padres, propietarios de un kiosco. Su madre, Catalina, es una mujer sencilla que conoce lo justo de matemáticas para cobrar a los clientes. Su padre les insiste calurosamente, a él y a su hermano Alfonso, con que deben estudiar y llegar a la universidad para ser alguien —alguien es, para aquel buen hombre del campo, un médico, o un abogado, o alguna otra profesión respetable que provea de un título que colgar en el despacho.

Años más tarde, la desgracia tiene algo que decir a la familia: a Catalina le han detectado esclerosis lateral amiotrófica y le espera a esta modesta madre de familia una lenta decrepitud hacia la parálisis total que la llevará a la tumba. El destino quiere, no sin cierta ironía, que la mujer de su hijo Alfonso descubra estar embarazada. La vida y la muerte se encuentran en esa casa destartalada, llena de polvo y sueños desvaídos.

Santiago abandona a su equipo y compagina el trabajo en el kiosco con su nueva ocupación de enfermero de su madre, una labor absorbente que le priva de mantener la vida social que hasta hace unos meses le enlazaba con sus coetáneos del barrio. Su padre también tiene la salud débil: la diabetes lo está dejando ciego y cada vez le cuesta más andar. Así que, cuando Catalina muere —y casi simultáneamente, en esa poética conjunción, su nieta nace—, Santiago elige perpetrar su encierro doméstico y ata su sino a la casamata oscura, fría, que se va llenando de polvo a medida que la desidia inunda sus habitaciones llenas de objetos de otra época.

Santiago come como antaño lo hacía, pero ya no es un enérgico deportista y pronto comienza a engordar de forma preocupante. Su hermano y su familia los visitan a veces, y él habla entusiasmado a su aguda sobrina de los documentales que ve en televisión y graba compulsivamente, de los libros de curiosidades históricas que lee en un ejercicio de evasión. La niña es la mejor de su curso e irá a la universidad: el abuelo puede estar orgulloso. Pero ese hombre, ancho, silencioso, moreno como un trozo de madera y de movimientos lentos y pesados, que es tan amable con su nieta, es para su hijo un anciano quejumbroso que requiere atención constante. Cuando discuten, le castiga con chantajes de silencio; se niega a salir a la calle para no ver a los otros viejos. Ha decidido recluirse en su prisión oscura y ha arrastrado a su hijo menor con él.

La salud de Santiago no es mucho mejor que la de su padre y, tras una época de síntomas turbulentos, es ingresado en el hospital por principios de diabetes, hipertensión y una inflamación absolutamente demencial. Tras varios días ingresado, ha perdido veinte kilos y la mitad del pelo; ofrece el aspecto de un enorme pájaro desamparado, ridículo en el batín del hospital. No puede seguir así, se dice, y cuando vuelve a casa comienza a alimentarse mejor y trata de caminar a diario. No cuenta, sin embargo, con la inmovilidad de su padre, más dependiente que nunca: el viejo, si pudiera, lo ataría a sí con cadenas de plomo. La salud de ambos, unidas en un destino tragipatético, fluctúa y decae de nuevo.
El abuelo ya está prácticamente ciego y padece de ciática. Cumpliendo su mayor anhelo, su cuerpo se agota y abandona el mundo, dejando a su familia triste pero, en una parte recóndita y vergonzosa de sus almas, liberada.

Ahora Santiago vive solo en ese mausoleo: los primeros meses son duros. Desaparecido su amo, su vida pierde el sentido que le había proporcionado y la enormidad del futuro y la pobreza lo empequeñecen. Junto con su hermano, comienza el titánico proyecto de limpiar la casa. Forzado a enfrentarse a la evidencia física de su vida, Santiago revive cada momento de su juventud y su turbia vida adulta, y los sueños truncados se presentan ante él como el fantasma de las navidades pasadas. Entre sus pertenencias de adolescente, una fotografía: una docena de muchachos morenos y altos posa con su equipación de baloncesto. En el dorso de la fotografía hay un número de teléfono, el de su amigo Javier, con el que no habla desde que cumplió 20 años. Llevado por un impulso, marca el número: una mujer extranjera, que vive de alquiler en el viejo piso de la familia, le indica que son los propietarios de un restaurante en las afueras.

Días más tarde, Santiago ha conseguido el teléfono actual de Javier. Sabe que está casado, trabaja en un concesionario de coche y tiene dos hijos, y una parte de él se resiste a mostrar su lamentable destino a aquel viejo compañero de canastas. La otra parte, sin embargo, bulle de inquietud ante el amargo poso que han dejado esos recuerdos llenos de polvo, toma el control de sus miembros y marca el número. Contesta un niño, que le pasa con su padre, que tarda unos minutos en recordarle, que entonces responde entusiasmado, aunque contenido, pues no es ajeno a su historia.
—Pues fíjate, Santi, mis niños están apuntados al baloncesto en el polideportivo y juegan un partido este fin de semana. Si quieres venir a echar un vistazo...
Avergonzado, Santiago se niega, pero acaba aceptando ante la insistencia de su amigo.

Fuera de lugar en la grada soleada, llena de padres comprometidos y niños ajenos a la desgracia, disfruta del sonido de la pelota y las zapatillas sobre el encerado como una orquesta mágica de otro mundo y se deja sonreír.





10/12/2016

Ausencias y demás

Publicar en internet es un poco como lanzar una botella con un mensaje al mar. O como tirar un montón de panfletos desde un helicóptero esperando que alguien se agache, coja alguno y lo lea. Por eso uno no puede escribir con una imagen en la cabeza de aquel que va a atenderle y tiene que conformarse con hacerlo para una entidad más o menos difusa, el lector.
Mi lector tiene que saber que escribe alguien cuyos intereses son volátiles, que fluye entre una y otra aficción sin establecerse en ninguna mientras otras preocupaciones sobrevuelan su cabeza.
Cuando empecé el blog, la moda era uno de esos intereses. Me absorbían los blogs de tendencias, me fascinaba ver esas sesiones de fotos tan nítidas, los colores tan bien combinados, las prendas impolutas. Las protagonistas, bronceadas y perfectas. Las casas, blancas, sin un trasto por medio; el maquillaje, divino. Se puede decir que era una víctima de la era Instagram.
Durante mi pico de interés en el mundo blogger; traté de emular, como una niña que anda en los tacones de su madre, ese aura  -aunque huelga decir que con unos resultados mucho menos espectaculares. Ante la falta de ropa, hacía posts sobre conjuntos ajenos. Compartía mis manualidades, aunque estas fueran proyectos de poco interés. Y trataba de encaminarlo como se supone que debía hacerse -con fotografías que tardaba en tomar, títulos preparados, una disciplina para escribir y publicar. Todo esto no hubiese supuesto ningún problema si me hubiese hecho feliz. Pero lo cierto es que yo había comenzado a adquirir una rutina más bien automática, compulsiva, que me hacía perder mucho tiempo y no me daba la sensación de satisfacción que yo pretendía recuperar con mi inversión temporal. Así que dejé de escribir en el blog.

¿Y esto dónde nos deja? ¿Ha muerto Wonder Nana?

No voy a cerrar el blog, me parece demasiado drástico. Me gustaría seguir compartiendo algunas ideas que pueden resultar útiles, al menos para que queden en el dominio público y puedan encontrase: esto incluye manualidades, sobre todo, aunque no descarto algo relacionado con el mundo de la moda. Hay blogs que me sigue gustando leer, aunque ya no lo haga a diario, y siempre me ha parecido un detalle agradable comentar un post bien hecho.
En resumen: sigo viva, estoy desengañada, y cuando veáis un post mío, sabed que lo he publicado porque me apetece, sin ninguna otra pretensión.



-Nana

6/08/2016

Autobronceadores y yo: primer contacto.


La palabra "contacto" sugiere un acercamiento fuera de lo normal entre dos especies alejadas, una especie de encuentro con alienígenas en los que ambos individuos se miran entre sí con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Ese era el ambiente reinante cuando cogí, por primera vez en mi vida, una muestra de autobronceador y me dispuse a abrirla.

4/25/2016

Esquivando spoilers - A propósito de la sexta temporada de Juego de Tronos


Anoche los españoles más adelantados veían por primera vez el primer episodio de la sexta temporada de Juego de Tronos. A pesar de los capítulos en Español llegan a partir de comienzos de mayo, no nos engañemos: los comunes mortales ya estamos vendidos. Lo dice alguien que no ha llegado a ver la quinta temporada, una lectora consciente de que tarde o temprano la serie adelantará al libro y la ruina será total.
En la era de internet el intercambio de información es espontáneo e inmediato: para lo bueno y para lo malo. El ritmo de visualización de la serie de moda es una dirección colectiva inexorable: los espectadores guardan un tiempo de rigor durante el cual se guardan la novedad para sí, pero pasada la sorpresa el spoiler se convierte en un derecho, en una descarga emocional necesaria. Un capítulo de retraso y te conviertes en un cordero atravesando un río de pirañas.
Hoy un traigo un bestiario de spoilers:

3/28/2016

Toledo


Lo siento mucho: Toledo no es Bali. En mis viajes no encontraréis escapadas a algún lugar perdido del pacífico, en un resort con todo incluído, con fotos de amaneceres y chicas morenísimas en biquini. Esta vez me quedo en territorio nacional.
Y hoy os traigo una ciudad de piedra y hierro, de callejones estrechos y cuestas empedradas, de almenas e iglesias perdidas en cada rincón. Una ciudad por la que han pasado visigodos, moros, cristianos y judíos; poetas y reyes.
Toledo es una de nuestras joyas olvidadas. Es curioso que creamos que hay que salir al extranjero para ver cosas que merecen la pena, cuando tenemos lugares tan especiales. No me enrollo más, os dejo con mi experiencia y espero que os sirva: